Cuando conocí la injusticia

 Estábamos solas en casa, mi hermana de cinco años y yo, que en aquel momento tenía cuatro. Yo era la ¨chiquita¨, la que mi hermana debía cuidar.

Recuerdo claramente mi curiosidad por ver cómo se quemaba un periódico. Mi mente de niña estaba llena de preguntas, y definitivamente, no concebía el peligro. Mi hermana, con su carácter firme, me advirtió que no jugara con fósforos, aunque no recuerdo si me los quitó. Pero yo estaba decidida a saciar mi curiosidad; así que, cuando ella se alejó, reinicié mi labor y traté de encender aquel periódico que, finalmente, ardió. Pensé que vería cómo se quemaba y luego lo apagaría rápidamente, pero obviamente el fuego no esperó, y a medida que el periódico ardía, se comenzó a consumir el colchón. El pánico se apoderó de nosotras. Gritamos desesperadas. Salimos al patio, llorando y clamando por ayuda. Las vecinas acudieron pronto al encuentro. El agua no apagaba las llamas, pero finalmente, una de ellas con su ingenio, logró sofocar el fuego a sabanazos.

Mi mamá llegó y nos hizo arrodillar en medio del mar que nadie iba a secar hasta que llegara la autoridad. La sentencia ya estaba dada. Esperábamos el castigo con temor. Aquella fue la primera vez que entendí lo que era la injusticia: mi hermana sufrió la misma condena a pesar de su inocencia, que nadie consideró.

 

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