¡Príncipes! ¿Para qué los quiero?

Lloraba sin cesar, deseando con fervor conocer al príncipe de sus sueños. Su ilusión parecía desmoronarse, y el hada madrina, conmovida por su pesar, le concedió su tan anhelado deseo. Así, Cenicienta conoció al príncipe, y ambos bailaron y conversaron. Sin embargo, a medida que intercambiaban palabras, los colores vibrantes que habían dado vida al príncipe en los sueños de Cenicienta, empezaron a opacarse. La magia se rompía. Los colores se desvanecían. La arrogancia del príncipe se hizo evidente, y el encanto que había envuelto el inicio de la noche se desvaneció.

Cuando sonó la campanada de medianoche, Cenicienta se sintió liberada de las cadenas de ser la elegida ¨afortunada¨. Comprendió que lo maravilloso había existido sólo en su mente. Decidió entonces, escapar de la búsqueda que aquel descolorido príncipe emprendió para encontrarla. Y se internó en lo más profundo del bosque, allá donde sólo llegaría Blanca Nieves para alejarse de la madrastra malvada, y descubrió un palacio mágico, lleno de objetos que, sorprendentemente, hablaban.

Y encontró aliento y consuelo en aquellas voces. Su alma revivió. No hubo otro lugar ni espacio en el que se sintiera mejor. Así que, decidió quedarse en aquel palacio. Y fue feliz en su propio regazo. Y pensó: ¡Príncipes! ¿Para qué los quiero?

 


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