Querubín

Estaba en la playa, sentada frente al mar, mirando la quietud del horizonte, cuando de repente el agua comenzó a retroceder con una fuerza inquietante. Podía ver las estrellas de mar y los pequeños pececillos atrapados en la arena, mientras los crustáceos se agitaban frenéticamente y las algas tejían mantos de un verde grisáceo. Un escalofrío recorrió mi espalda; supe que una catástrofe se avecinaba.

Empecé a correr desesperadamente, el pánico me impulsaba a alcanzar las montañas, pero a medida que avanzaba, las montañas parecían alejarse cada vez más. Sentía como si un fantasma invisible me persiguiera, cada vez más cerca, amenazándome con un final espantoso. Y mientras más corría, más profunda era mi angustia y más lejana veía mi cima.

De repente, sentí una mano cálida y firme que me sujetaba con suavidad; y en un instante, estaba levantada del suelo.  Me conducía hacia la cima de la montaña. Mi corazón latía desbocado, pero a medida que ascendía el pánico se mezclaba con una asombrosa sensación de calma. Lo vi. Era un querubín. 


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